Una cesta de cerezas. Entrevistamos a Alba Castellví.

Desde que leímos el libro “Educar sin gritar” estábamos deseosas por conocer a su autora Alba Castellví. Después de asistir a su ponencia en la última edición de Gestionando Hijos, finalmente tuvimos la oportunidad de conocerla en persona en una charla sobre conflictos y colaboración entre hermanos y no tenemos más que buenas palabras para ella. Sus libros maravillosos y sus consejos son muy prácticos y útiles para madres y padres como nosotros.

Su último libro “Una Cesta de cerezas. Siete cuentos para crecer”, nos ha encantado y os lo recomendamos para leer con vuestros hijos este verano. Hemos tenido la suerte de que Alba nos cuente más cosas sobre el libro en esta entrevista. Gracias Alba.

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El formato de este libro contiene siete cuentos con temas tan cotidianos como las rabietas, el uso de las pantallas o el valor del esfuerzo. Y al final de cada relato hay una guía que nos ayuda a reflexionar con nuestros hijos e hijas sobre los valores que aprendemos con cada historia. Está hecho de una manera muy didáctica y útil. A mi hija de 8 años enseguida le gustó la idea de la libreta de los deseos y ya usa una. ¿Cómo surgió la idea de este libro? 

Escribí el libro para niños después de escribir el libro para padres, Educar sin gritar, para que estos mismos padres tuvieran una herramienta educativa que les permitiera reflexionar, junto a sus hijos, sobre aspectos fundamentales de la educación. Me propuse divertir a los niños con historias que fueran más o menos realistas, más o menos fantasiosas, pero con las que todos se pudieran identificar. Quise escribir sobre personajes que podrían ser cualquiera de nuestros hijos y hacerles protagonistas de narraciones que se asemejan a las vivencias que tienen los niños de hoy en día.

Sin embargo, más allá de proporcionar simples reflejos, para mí era importante que hubiera historia, que sucediera algo importante en cada cuento, quería evitar que mis textos fueran únicamente una descripción anecdótica.

Me gustan los cuentos donde sucede algo, y donde aquello que sucede transforma al protagonista.

En los cuentos de Una cesta de cerezas, los protagonistas aprenden y crecen gracias a las experiencias que viven en los cuentos. El propósito de mi trabajo fue que nuestros hijos pudieran reflexionar sobre sí mismos y sus actitudes gracias a ellos. 

Puede resultar difícil a veces saber decir no, poner límites, castigar un mal comportamiento y a la vez querer mantener la autoestima del niño y educarlo en la libertad y responsabilidad. ¿Tenemos que sacrificar libertad para crezcan responsables?

No, la libertad y la responsabilidad van de la mano. Me explicaré: uno puede ser libre cuando es responsable. A medida que nos hacemos capaces de asumir más responsabilidad, se nos confiere más libertad. Lo que no es correcto desde el punto de vista educativo es no asociar libertad con responsabilidad. Si uno ha de ser libre, ha de ser también responsable de lo que hace con su libertad.

Como educadores, debemos dar a nuestros hijos la libertad que puedan y sepan asumir. Para que aprendan a hacer uso de ella, hay que darles la oportunidad de ejercerla y hay que atribuirles la responsabilidad que lleva asociada.

Para ello es importantísimo que nuestros hijos asuman las consecuencias de lo que hacen y de lo que dejan de hacer, algo en lo que insisto muchísimo en mis charlas y talleres. Libertad, pero con consecuencias lógicas asociadas a su uso. Así es como se aprende la responsabilidad.

En general los padres queremos ahorrarles problemas a nuestros hijos, evitarles decepciones, pero no podemos arreglar sus problemas siempre, y las dificultades son parte de su aprendizaje. ¿Cuándo un niño está preparado para empezar a asumir las consecuencias de sus decisiones?

Para cada decisión hay una edad distinta, y no todos los niños maduran al mismo ritmo. Observar a nuestro hijo con atención nos ayudará a saber cuándo está preparado. En general, diría que cuando un niño nos pide decidir algo por su cuenta debemos invitarle a tomar la decisión anunciándole a la vez las consecuencias lógicas que puede tener, y preguntarle si está dispuesto a asumirlas. Estoy hablando, claro está, de decisiones que no puedan tener consecuencias a largo plazo, unas consecuencias que los niños no pueden calibrar. Por ejemplo, no vamos a dejar que un niño elija libremente si quiere lavarse o no los dientes, ni cuántos dulces comer. Tampoco vamos a dejar que un niño decida sobre cuestiones que afecten a toda la familia, como por ejemplo si salimos o no salimos de casa.

Sí le vamos a dejar que decida sobre cuestiones que le afecten exclusivamente a él y cuyas consecuencias puedan ser próximas en el tiempo y no excesivamente graves. Por ejemplo, un niño de siete años puede decidir si pone su ropa de deporte a lavar o no, no tenemos por qué hacerlo los adultos.

En caso de no ponerla, tendrá que asumir la consecuencia de no poder asistir a la próxima sesión de deporte, lo cual le va a perjudicar en el caso de que le guste. También puede elegir entre prepararse el bocadillo o no preparárselo, en cuyo caso va a tener hambre. Esta clase de dificultades a las que deberán enfrentarse en función de lo que decidan hacer o no son parte del aprendizaje y debemos darles la oportunidad de vivirlas.

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La duda surge cuando, como padres, queremos darles lo mejor, porque todos los padres quieren que sus hijos tengan las mejores oportunidades. La costumbre de hacerles demasiados regalos es muy frecuente y los estamos haciendo cada vez más consumistas. Con la vida que llevamos hoy en día parece difícil lograr un equilibrio y que puedan valorar las pequeñas cosas de la vida como en uno de tus cuentos. ¿Qué cambios podemos hacer en el día a día?

El último de los siete cuentos del libro trata precisamente este tema. El primer cambio que debemos hacer si no queremos tener unos hijos que siempre deseen más de lo que tienen y vivan en la insatisfacción constante es un cambio mental. Hemos de asumir la idea de que no es más feliz quien tiene más sino quien necesita menos.

Cuando asimilamos que nuestros hijos, de mayores, se encontrarán mejor consigo mismos en la medida en que no deseen constantemente adquirir más y más bienes materiales, nos damos cuenta de que enseñarles a valorar lo que tienen es más interesante desde el punto de vista educativo que proporcionarles novedades.

Enseñarles a valorar lo que tienen es más interesante desde el punto de vista educativo que proporcionarles novedades. Clic para tuitear

Además de este cambio mental, es importante hacer pequeños cambios prácticos. Uno de ellos puede ser no comprar nada que no sea estrictamente necesario a menos que se presente una ocasión que lo justifique (un cumpleaños, un día especial). Otra idea es invitar a los niños a ganarse lo que quieren obtener con un esfuerzo suplementario (una tarea, por ejemplo, acorde con el valor de lo que desean). Este sistema permite que den más valor a lo que acaban obteniendo, dado que ha supuesto una dificultad. Y una tercera idea, de carácter menos práctico pero también muy importante, es ayudar a nuestros hijos a interpretar su situación en el mundo: son ciudadanos del primer mundo con todas las necesidades básicas cubiertas, lo cual sólo una minoría de los habitantes de la Tierra pueden afirmar.

La falta de tiempo y las prisas hacen que los padres hagamos demasiadas cosas por ellos, desde hacerles la mochila a pelarles la fruta. Y como resultado tenemos niños poco autónomos o que se esfuerzan poco. En esas situaciones y en las que puedan resultar más difíciles para ellos, ¿cómo fomentamos su constancia?

Para fomentar la constancia de los hijos en las tareas y pequeños esfuerzos que les van a permitir ser autónomos, nos ayudará ser pacientes, disponer de tiempo y reforzarlos en positivo a cada ocasión. Para lograr ser pacientes, tenemos que concebir que los aprendizajes requieren tiempo para consolidarse. No se logra pelar una fruta en tres días, así que los niños a veces pierden la calma con los reiterados intentos… y los mayores también la perdemos y acabamos haciéndolo por ellos. Si tenemos en mente que los procesos pueden ser largos, podremos transmitir esta idea a los hijos y no forzaremos ni tampoco abortaremos los períodos de aprendizaje a base de sustituir a nuestros hijos en sus quehaceres. Cuando un niño se cansa de intentar algo un día, podemos decirle que hay suficiente por ahora, y que puede volverlo a probarlo al día siguiente.

No siempre tenemos tiempo para dejar que sean ellos los que se vistan, se aten los zapatos, organicen su mochila o preparen su bocadillo. Por ello, hay que aprovechar las ocasiones que se nos brinden: los ratos libres de los fines de semana, las vacaciones… son tiempos ideales para acompañarles con paciencia.

Al fin y al cabo, hay una relación directa entre autonomía y autoestima.

El refuerzo positivo también es fundamental: cuando se logra un pequeño progreso, hay que señalarlo en positivo. Si alguien se da cuenta de cómo progresa desde los primeros intentos, puede confiar en la continuación de sus mejoras. Este mecanismo está ilustrado en dos de los cuentos de Una cesta de cerezas: Los verdes ojos de Lía, y El mejor melocotón del mundo.

Es muy interesante y útil la idea de distinguir entre castigo o consecuencia, de la que ya hablabas en tu anterior libro “Educar sin gritar”. Pero a veces se nos olvida y nos acaba saliendo el recurso fácil de la amenaza. ¿Algún consejo?

Sí, hay un truco que nos permite aplicar consecuencias lógicas y no arbitrarias: se trata de pensar, antes de amenazar, en el motivo de la orden que damos. Por ejemplo, podemos decirles: “si pones a lavar tu ropa de deporte, la tendrás preparada para el siguiente entreno. Si no lo haces, no la tendrás y no podrás ir.” No se trata de una amenaza, sino de presentar una consecuencia lógica que se va a producir como resultado de no haber hecho algo.

Este mecanismo para la educación de la libertad responsable es el que ilustrado con el cuento “¿Qué prefieres?” De Una cesta de cerezas¸ donde la protagonista, una niña, se encuentra con las consecuencias de su comportamiento. En mis talleres, muchos padres (y, sobretodo, muchas madres) me preguntan qué hacer si no se nos ocurre una consecuencia lógica. Es una pregunta interesante, puesto que muchas veces nos sucede. En este caso, si ordenamos ducharse, por poner un ejemplo habitual, podemos decir: “En cuanto te duches, podrás jugar, puesto que primero hay que cumplir con las obligaciones para después disfrutar de las devociones”. Esta antigua idea, muy expresada por las abuelas, “primero la obligación, después la devoción”, sirve para enseñar a los niños que poder hacer aquello que nos gusta es el resultado de cumplir con ciertos deberes.

Huelga añadir que nunca hay que amenazar y no cumplir la amenaza, puesto que ello afecta nuestra credibilidad.

Puedes comprar aquí el libro

Alba Castellví es socióloga, mediadora y educadora. Si quieres conocer más sobre su trabajo y sus libros, visita su web aquí.

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